El tiempo se iba y la tensión de ambas oncenas limitaba los riesgos que estaban dispuestos a tomar… así llegó el alargue… así se fueron los primeros quince… y así se llegó a la última pelota del partido.
La elección de los puntos suspensivos no surge por capricho, es producto del disfrutable ejercicio de transcribir las emociones que me permito usualmente en este espacio, es que cada segundo era infinito y parecía que ante nosotros surgía una sentencia inquebrantable que condenaba las ilusiones y cercenaba el camino.
En ese instante se comenzó a vivir la historia, a partir de una infracción inexistente el mundo fue testigo de un hito memorable, lo fue al menos para aquellos que nos sentimos involucrados. En un país con una productividad inestimable para las leyendas lo que se vivió en Johannesburgo estuvo a la altura de cualquiera de las que se acopian en volúmenes y volúmenes de libros que recogen las crónicas de quienes atestiguaron emociones inolvidables.
Los que nos hablaron de momentos épicos podrían envidiar lo que se desarrollaba ante nuestros ojos, los componentes de aquellas generaciones que por antojo del universo no pudimos ser espectadores de esos momentos mágicos por fin comprendimos la verdadera magnitud de la palabra hazaña. Seremos los que vimos a un grupo de jugadores estando a la altura de lo que representan, sabiendo cumplir, y enriqueciendo en tierras extrañas la ya prolífica mitología charrúa.
Para algunos será solamente un partido de fútbol, para nosotros es el esplendor de algo que nunca apartamos de los sueños.
Pasarán decenios y contaremos conmovidos que la historia, una tarde de julio, nos guiñó un ojo y nos regaló su complicidad.

















